*Febrero de 2013
Se escucha
al ceremonioso locutor, y de nuevo el retumbar monótono de tambores. De cerca nada que ver,
lo comprobaré luego: esa monotonía tiene los matices de los gritos, de las
murgas, de los púberes toqueteándose con la excusa de tirarse espuma. Pero por
ahora estoy acá, adentro de mi casa, y en los resquicios de silencio que dejan los tambores, nada de silencio; o sea, del otro lado de la ventana el sonido
europeo, armonioso, de la pieza que practica hace semanas mi vecino, el
pianista.