Terminé la
secundaria y cursé la universidad sin saber bien cuándo poner las tildes (desde
ahora diré acento, porque tilde me suena horrible). Las que ponía era de
memoria o por costumbre. Solía chingarle fiero, aunque, por asimilación
involuntaria, cierta asiduidad en la lectura me mantenía dentro del decoro, si
eso fuera posible. En alguno que otro examen esa cuestión, faltas de ortografía
en cuanto a los acentos, me bajó la calificación; hoy me parece justo.